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C'EST LA VIE

Crítica de C'EST LA VIE en TELEPRENSA

C'EST LA VIE - Crítica en VOZ EMERITA

El teatro modesto también da la talla

A veces uno va al teatro sin saber lo que le espera y se encuentra con bodrios infumables, y al terminar piensa en por qué no se habrá informado antes. En otras ocasiones, las menos, uno va al teatro sin saber lo que le espera y sale con una sonrisa dibujada en los labios, con la sorpresa amarrada en el alma y con la seguridad de haber visto algo que merece la pena. Éste último es el caso de C’est la vie, el alegre y tierno espectáculo de la compañía Sevillana bricAbrac Teatro presentado el viernes en la Sala Trajano. Porque la mayoría de los escasos espectadores que se acercaron a ver este monólogo no sabía que se trataba de una producción con dos años de rodaje que ha recibido varios galardones por su originalidad (Simulacro 07, Festival Toledo Escena Abierta, Festival de Teatro Villa de Burguillos...) en la que destaca sobremanera la interpretación de Elena Bolaños.

La historia parte de un planteamiento muy sencillo. Irenita, una niña de 9 años, está enfadada con su madre, que le obliga a ponerse trajes “de repollo” y quiere que de mayor sea abogada. A partir de ahí empieza lo bueno. La niña inicia un viaje delirante en el que se plantea qué quiere ser ella en el futuro, y con una imaginación desbordante se imagina a sí misma triunfando como cantante y cirujana plástica, como pastelera y profesora, enviada de Dios... al tiempo que organiza con su teléfono móvil su décimo cumpleaños, que celebrará en mayo aunque sea en agosto. El espectáculo se convierte así en un viaje al interior de la mente de una niña en el que el espectador cae en la cuenta, entre otras cosas, de que los niños son niños, pero no idiotas. Y de que se enteran de todo lo que ocurre a su alrededor aunque a veces no lo parezca o los mayores no nos queramos dar cuenta.

El texto también destaca por su originalidad y sus referencias actuales. Porque Irenita es una niña moderna e informada, y lo mismo habla de Beyoncé y Ana Rosa que de los niños saharauis que pasan los veranos en nuestro país. Todo ello con un toque absurdo y delirante en ocasiones que nos recuerda que la protagonista, a pesar de sus sueños e ilusiones, no deja de ser una niña de 9 años, llena de las ilusiones y contradicciones propias de su edad. Y sí, es una comedia que arranca una y otra vez sinceras carcajadas de un público entregado desde el primer momento. Pero el argumento tampoco elude la crítica social y situaciones más duras, y así vemos a la protagonista enfrentándose al desmoronamiento de su familia, con sus padres cada vez más alejados y la sombra del divorcio planeando sobre ella. No es lo único. Irenita también recuerda el último día que vio a su abuelo, el momento en que dejó de reconocerla y fue internado en una residencia hasta que murió. La religión, el mundo de los famosos, la pederastia en el clero... son otros de los temas que la niña aborda desde su peculiar punto de vista, crítico e inocente al mismo tiempo.

La obra tiene buen ritmo a pesar de la excesivamente larga escena de la discoteca, el único momento en el que el espectador tiene la tentación de salir de la obra. A cambio, la escena en la que se confiesa, sentada en el suelo, con un cesto tapando su cabeza, es espectacularmente buena y despierta al más dormido. Un capítulo propio merece Elena Bolaños, la protagonista y además responsable del texto. Durante casi una hora la actriz se enfrenta en solitario al público, consigue llenar el escenario y hace que durante muchos minutos los espectadores se olviden de todo y se concentren en su rostro, en sus gestos alocados, en su mirada desconcertada. Algo que no es poco en los tiempos que corren y que el público recompensó con una cerrada ovación al acabar el espectáculo que se prolongó varios minutos.

C’est la vie es, en suma, uno de esos trabajos que a uno le reconcilian con el teatro independiente, con las compañías modestas, que de esta forma demuestran que se puede hacer buen teatro con pocos medios y que no todo es cuestión de dinero. Porque el talento no se puede comprar.

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